El pronóstico extendido durante la jornada.¿Cómo estará el cielo? ¿Cuál es la probabilidad de lluvias?
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El SMN anticipa para este domingo temperaturas entre 19°C y 29°C.El pronóstico extendido durante la jornada. ¿Cómo estará el cielo? ¿Cuál es la probabilidad de lluvias?
El argentino tuvo una noche soñada en Colonia, dando vuelta un combate que parecía perdido.En el round 9 dejó tambaleando a su rival, la árbitra paró la pelea y el africano explotó de bronca.Tras el fallo, el púgil vencedor sorprendió a todos en Colonia y se le declaró a la madre de su hija.
Tras la muerte del líder supremo en los ataques de Estados Unidos e Israel, un consejo de transición toma el control del país mientras se define la sucesión del cargo más poderoso del régimen.
Estoy siguiendo por las calles de Madrid a una mujer flaca y desvaída de mediana edad, sin rasgos llamativos y de aspecto sobrio y ropa neutra, que continuamente se acomoda el pelo oscuro detrás de unas orejas grandes, y que por extraño que parezca resulta inmune a los escaparates y a las rebajas del Corte Inglés. Está alojada en un pequeño hotel de Lavapiés y se dedica durante dos días a pasear por el centro histórico, eludir prolijamente los museos y husmear los mercados, y a cenar sola en la cervecería Santa Anna leyendo un libro que trajo desde Buenos Aires. Como volamos en el mismo avión, aunque alejados uno del otro, sé que se trata de un best seller sobre nutrición: lo vi de reojo al pasar al baño. Ahora está en Atocha a punto de tomar el AVE a Barcelona, y parece nadie en medio de una multitud colorida y ruidosa: el contraste me impresiona, pero no puedo definir qué significa ese sentimiento.No importa cómo se llama, sólo que es una fiscal y que el Gobierno mandó su pliego al Senado de la Nación: la propone como jueza federal en zonas australes, y los norteamericanos tienen alguna duda, porque si se aprueba el proyecto ella tendrá jurisdicción directa en áreas de hidrocarburos y energía hidroeléctrica. Hay cosas con las que no se jode. La doctora cumple ampliamente los requisitos técnicos, y al examinar su desempeño judicial no surge ninguna causa polémica o que delate algún sesgo partidista. Merece lo que ambiciona. La agencia manda primero un equipo para meterle "ambientales" en su departamento y pincharle los celulares y la laptop, y luego para "caminarla" durante dos semanas. Al final resulta que sus padres -dos viejos inmigrantes polacos- han muerto hace años y que vive con una cierta modestia, que se divorció de un mediocre sin antecedentes y que no tuvo hijos, y que no se le conocen pareja nueva ni enemigos, ni vicios, ni filias ni fobias. El informe final hubiese dejado tranquilos a los tiburones de la SIDE, pero Langley insiste con la desconfianza y exige una indagación más profunda, sin soltar la menor prenda: sus sospechas e indicios se los guarda. "Es la vieja táctica de tabicar la información -explica Cálgaris-. En varias ocasiones han contratado pesquisas paralelas sin explicarles a cada uno de los detectives locales la doble jugada ni el motivo del encargo, y para recolectar datos y opiniones contrapuestas sobre una misma cuestión. Tienen guita para esos reaseguros". Cuando nos enteramos de que la fiscal se tomará unas vacaciones en España, el coronel sugiere que yo haga las valijas y lleve conmigo una videocámara Sony de alta definición y zoom óptico, y una Nikon: mi cobertura es que soy periodista y que estoy haciendo una serie de notas de turismo. Tomo imágenes de la fiscal con mucho cuidado y viajo en otro vagón hasta Barcelona, donde no la está esperando más que un remisero. Sé por las "intervenciones" que no pernoctará en la ciudad (gusto que se dará recién a la vuelta), y que contrató un transfer y un hotel en Los Pirineos catalanes, a doscientos kilómetros. Como sé cuál es su destino final y alquilé a distancia un coche, le doy una hora de ventaja y manejo con calma por esos paisajes luminosos y verdes.El hotel es un viejo castillo ubicado en una colina, al pie de una fortaleza del siglo XVI y con vista a un pequeño pueblo, un valle y una cordillera. En el transcurso de la tarde la fiscal se dedica a los masajes linfáticos y a nadar en la piscina descubierta; después se pone un vestido de noche que no le queda nada bien y cena en la terraza, solitaria y distraída. Ni por un momento cruzamos miradas ni siento sus ojos sobre un servidor, que procura una distancia estratégica, detrás de una mesa ruidosa de turistas italianos. Aprovecho para hacer fierros en el gimnasio y para correr veinte kilómetros por los senderos irregulares que circundan el castillo, mientras la fiscal suda la gota gorda en la cinta, se relaja en el sauna y se pasa la tarde a la sombra, disfrutando del paisaje y sin charlar más que intrascendencias con los camareros. Es una momia introspectiva, y el único contacto que tenemos resulta accidental: nos cruzamos por azar una noche en la biblioteca, que ella está revisando con una copa en la mano. La copa sólo tiene agua tónica con hielo y limón: su señoría tampoco prueba el alcohol. La saludo con un movimiento de cabeza, y ella me clava la vista de un modo extraño, como si se le hubiera activado una alarma interna. Pero yo salgo de esa ratonera rápidamente, sigo de largo, recorro el pasillo y me meto en mi habitación. Debemos de ser los huéspedes más silenciosos del mundo. Por las dudas, no me dejo ver más: no asisto al desayuno, ni a la cena, y no deambulo por el hotel. Apenas me asomo de lejos o cuando sé que cumple su rutina de relajación completa, y lo hago para comprobar que todos los días es el mismo día repetido.En varias ocasiones han contratado pesquisas paralelas sin explicarles a cada uno de los detectives locales la doble jugada ni el motivo del encargoUn topo es alguien gris y olvidable, capaz de pasar inadvertido, un fantasma en una procesiónUna tarde abro con dos ganzúas la puerta de su cuarto y examino con mucho detenimiento la maleta, la ropa, los cajones, el baño. Nada. La señorita está blindada en su simpleza y aburrimiento. Sin embargo, durante la noche siguiente percibo con sorpresa, desde una ventana del lobby, que está cenando en la terraza con una desconocida: el corazón me da un vuelco. Es una mujer alta y rubia, de cabello muy corto y ojos claros: delgada pero no bella, con aspecto de ejecutiva o funcionaria. Las filmo y las fotografío a distancia, y me quedo en vela siguiendo sus gestos, porque la sobremesa es larga. No se tratan ni con familiaridad ni con seducción: parece una fría reunión de negocios. Pero sigue de pronto en el cuarto de la fiscal, de manera que sólo puedo pensar en una cita romántica o erótica. Cuando rodeo en la oscuridad el hotel descubro, no obstante, que están sentadas en el balcón, una frente a la otra, y las grabo con el zoom intercambiando palabras inaudibles al menos durante una hora más. Luego la rubia se levanta y la besa en la mejilla, y desaparecen del cuadro. Al rato, la fiscal regresa, se acomoda el pelo detrás de las orejas y se queda pensativa, tomando el fresco de la noche.Al día siguiente la rubia se ha marchado del hotel, y a la fiscal le queda poco. Siete horas después de haber enviado el material fílmico y los informes, el coronel me avisa que lo están analizando en Langley; presiente, por la excitación de los yanquis, un rápido desenlace. Llega cuando ya estamos en Barcelona, y la doctora se pasea por el barrio gótico. Con la tecnología de identificación facial, comparaciones y consultas, ya reconocieron a la interlocutora: es una diplomática rusa, que ocupa la agregaduría cultural de una embajada europea. Ese cargo, por lo general, lo ejercen agentes del SVR. "No filtraron más datos -dice el coronel riendo entre dientes-. Pero me imagino que es una veterana, y que debe tener un expediente gordo que no van a compartir con nosotros. Reclutamientos, influencia, vigilancia, maniobras de presión, operaciones secretas. Lo habitual en estos casos". La fiscal que ya nunca llegará a jueza entra en una cerería antigua y mira sin pasión las velas artesanales. Ahora puedo por fin decodificar aquel raro sentimiento que tuve en Atocha: un topo es alguien gris y olvidable, capaz de pasar inadvertido, un fantasma en una procesión. Y la doctora encaja perfectamente en ese tipo: alguien le enseñó los trucos y los procesó a fondo. "Cuando la investigamos no surgió ni remotamente la chance de que tuviera una 'leyenda'", digo sin perderla de vista. "Ya no depende de nosotros sino de los norteamericanos -responde el coronel, que está levantado y lúcido a esa hora de la madrugada porteña-. Habría que ver si los 'padres polacos' de verdad nacieron en Polonia. El amor por la patria se hereda". La observo inclinarse sobre una luz: ni aun iluminado su rostro cobra vida.
Mi hermana Carolina, dos años mayor que yo, avezada inversionista, adicta al dinero, está enojada porque no le he regalado mi más reciente novela "Los golpistas". Su enfado me ha sorprendido gratamente, pues no imaginé que ella tendría curiosidad por leer esa novela, o alguna de mis novelas. Quiero decir, nunca le he regalado mis libros, y no por mala leche o rencor justiciero, sino porque ella no perdería su tiempo leyéndolos. Sin embargo, ahora ha protestado porque he obsequiado mi nueva novela a todos mis hermanos, siete varones en perfecto estado atlético, y en permanente estado de gracia, pero no a ella, de pronto interesada en mis desvaríos literarios, y ya no tanto en las erráticas fluctuaciones de la Bolsa de Valores, donde se juega la vida entera.Según he sabido por intrigas familiares que vuelan mucho más deprisa que los aviones, mi madre Dorita, una santa, a pocas semanas de cumplir ochenta y seis años, se ha reconciliado con Carolina, su única hija viva, después de una guerra fría entre ambas que ha durado años, y me ha dejado saber, por apremiantes mensajes de voz enviados al celular de mi esposa, que he obrado mal al no regalarle un ejemplar de "Los golpistas" a mi hermana Carolina, y que, al privarla de ese obsequio de dudoso valor, la he humillado y discriminado, y que, para resarcirla del daño que le he infligido, debo hacerle llegar no tan solo un libro, sino unos cinco o seis, de modo que Carolina pueda repartirlos como fruta fresca entre sus amigas y sus amantes.No fue olvido ni descuido por mi parte que no le remitiera la novela de marras a mi hermana. Fue una decisión cierta y segura, exenta de dudas. Pensé: Carolina no lee novelas, no tiene sentido que le sugiera leer mi novela, no la leerá, se la regalará a un enemigo. Pero, sobre todo, pensé: Carolina no merece ese regalo ni ninguno por la guerra fría que le declaró a nuestra madre. Al pensar esas cosas, yo asumía que dichas refriegas y escaramuzas continuaban y que mi madre y mi hermana no se veían ni se hablaban hacía mucho tiempo. Mal informado, me dije a mí mismo: probablemente la última vez que se vieron y hablaron fue en casa de mi madre, hace unos años, durante el velorio de mi hermana poeta, quien murió atropellada, montando en bicicleta. En aquella ocasión, mi madre Dorita le dijo a mi hermana Carolina, a unos pasos del cuerpo sin vida de la poeta, que, por respeto a la memoria de aquella hermana tempranamente fallecida, debía retirar los juicios a la familia, unos juicios que Carolina había entablado a nuestra madre y a uno de nuestros hermanos, reclamándoles sin fundamento ni justificación unos dineros. Insensible a esos ruegos, Carolina dijo que no retiraría las demandas y litigaría hasta obtener las cuantiosas compensaciones económicas que exigía. Pensó que ganaría sus juicios. Los perdió todos.Debido a ello, recordando las felonías que, por pura codicia, Carolina se había permitido contra nuestra madre, y contra la familia en general, donde ya no contaba con un solo aliado, ni siquiera yo mismo, que de niño tanto la había querido, no se me pasó por la cabeza enviarle "Los golpistas" a mi hermana alevosa, conspiradora, ávida de capturar unos dineros que no le correspondían. Por respeto y lealtad a mi madre, a quien debo todo lo que soy, y casi todo lo que poseo, pensé que no debía recompensar la conducta desagradecida de mi hermana. Sin embargo, ahora era mi propia madre Dorita quien, en condolidos mensajes de voz enviados a mi esposa, me reñía por haber ninguneado a Carolina y me pedía amorosamente que le regalara la novela a mi hermana, a fin de corregir el feo que le había hecho.Parecía una decisión sencilla: si mi madre me pedía que le mandase un libro a Carolina, y Carolina decía que se moría de ganas de leerlo, no perdía nada despachando el libro por correo, o pidiéndoles a mis editores en aquella ciudad, la ciudad del polvo y la niebla, que dejaran unos ejemplares de la novela en casa de mi hermana insatisfecha. Después de todo, seguramente era bueno para mi madre Dorita hacer las paces con su hija, y también era bueno para la díscola Carolina estar en términos amistosos con nuestra madre. No me correspondía echar más leña al fuego, estando apagado el incendio. Bien miradas las cosas, regalarle una novela a mi hermana era respetar la voluntad de nuestra madre. No obstante, antes de tomar la decisión, consulté con mi esposa y algunos de mis hermanos, y la verdad es que Carolina no obtuvo un solo voto a su favor. Todos opinaron que ella no tenía interés en leerme y que su treta consistía en victimizarse ante nuestra madre, manipular sus sentimientos e inspirarle lástima para obtener más dinero de ella. Así las cosas, ya no era una decisión tan simple: la voluntad de mi madre entraba en conflicto con la de mi esposa, y yo duermo con mi esposa, no con mi madre. Por eso resolví aplazar la decisión, posponer las cosas hasta nuestra visita, en apenas dos semanas, a la ciudad del polvo y la niebla, donde una de mis hijas habrá de casarse, o de seguir casándose, porque ya se casó en Nueva York, pero ahora se casará también en Lima, por suerte con el mismo señor. Pensé: estando en Lima, encontraré la manera discreta de darle a mi madre un ejemplar de "Los golpistas" para que ella se lo entregue a Carolina, sin que mi esposa y mis hermanos se enteren.No sospechaba, tonto yo, que surgiría otro problema familiar, un lío más gordo todavía. Vine a enterarme de ese enredo porque mi madre Dorita envió una retahíla de mensajes de voz a mi esposa, cuyos registros variaban de la tristeza a la indignación, diciendo que era una barbaridad que mi hija ennoviada no hubiese invitado a su fiesta nupcial a mi hermana Carolina. Según reprochó mi madre a mi esposa, yo tenía la culpa de que mi hija no hubiese invitado a Carolina, y sí a mis hermanos. Sorprendida, mi esposa me preguntó si yo había vetado a Carolina en la lista de invitados. Me defendí débilmente, diciendo que yo no tenía la culpa de nada. Luego revisé mis correos y comprobé que, cuando mi hija me preguntó a qué personas de mi familia debía invitar, le escribí: A mi madre y a mis hermanos, pero en ningún caso a Carolina, que está peleada con toda la familia. Es decir que, en tan corto tiempo, yo le había hecho dos desaires a mi hermana: uno, no regalarle mi novela, y otro, no invitarla a la fiesta.Peor todavía, Carolina le recordó a nuestra madre Dorita que ella era la madrina de mi hija casamentera. Dijo sentirse rebajada, humillada, discriminada: ¿cómo no va a invitarme a su matrimonio, si soy su madrina? Yo había olvidado que Carolina era la madrina de mi hija, no solo porque ya no me acuerdo de nada, sino porque, descreído, no quise asistir a ese bautismo, y fue la bella Sandra, entonces mi esposa, quien eligió que mi hermana Carolina fuese la madrina. Me sentí fatal porque, siendo la madrina, o haciéndose la madrina, era comprensible que Carolina quisiera estar en la boda de su ahijada, y yo había conspirado de modo innoble contra ella, alejándola del sarao, sabiendo que mi hermana se desvivía por las cuchipandas, especialmente aquellas que no pagaba. Así las cosas, las guerrillas familiares escalaron, pues mi madre, humana al fin, aparcó por un momento su conducta piadosa, llamó por teléfono a mi exesposa Sandra y le espetó un rosario de puteadas y carajeadas, exigiéndole que invitásemos a la pobre Carolina. Impávida, mi exesposa no se dejó arredrar, se puso firme y dijo que yo mismo había pedido que Carolina no fuese invitada, lo cual era cierto. Finalmente, mi madre llamó a mi esposa y le dijo que, si yo era un caballero, un hombre de honor, lo que desde luego no soy ni he sido nunca, debería sentir el deber moral de convidar a Carolina a la fiesta de mi hija. Pero no contaba mi madre con la respuesta de mi esposa: Si Carolina va a la fiesta, ninguno de sus hijos irá, señora Dorita. Sin saber qué demonios hacer, tuve entonces la mala idea de escribirle a mi hija desposada, preguntándole si era cierto que Carolina era su madrina, si había ejercido ese madrinazgo con generosidad o había sido una madrina ausente, y si podía invitarla tardíamente a su casamiento. La respuesta de mi hija fue irrefutable: Todos en tu familia están locos.
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